Tal vez fue desde La jaula de la melancolía de Roger Bartra, publicada en 1987, que nuestros intelectuales abandonaron la pretensión, tan extraña, de definir la particularidad de lo “mexicano”, que había dominado muchos de los momentos de reflexión profunda de la pintura, la literatura y la filosofía, en un diálogo totalmente estéril, ya que los adalides de la cultura nacional están acostumbrados a dialogar solo consigo mismos. Mientras ellos debatían, los migrantes, obreros, comerciantes, emprendedores, etcétera, estaban transformando las relaciones del medio rural y urbano, que se adornaban con un retrato de lo mexicano esperanzador hacia el futuro y reivindicaban sujetos históricos que se estaban adaptando a las nuevas realidades.
En medio de la globalización que cerró el siglo XXI con nuevas herramientas para la comunicación, pero también para el conocimiento, los pequeños nichos del nepotismo literario, científico y cultural mexicanos intentaron una vez más explicarse a sí mismos, en películas, libros, revistas y programas de televisión, las tragedias y los retos de su generación. En el mejor de los casos produjeron autocríticas que, mediante la sátira y la provocación, buscaban reflejar la corrupción moral de nuestros grupos dominantes; y, en el peor, sus pactos, reflexiones y producciones culturales solo sirvieron para repartir las pocas becas que podía permitirse un gobierno neoliberal que tenía como meta la modernidad, pero que negaba una vez más el diálogo con la realidad nacional. “El cholo”, “el darketo”, “el fresa” y “la diversidad sexual” fueron los nuevos sujetos de estudio, mientras la música se recreaba y surgían nuevas expresiones identitarias. Por ejemplo, tan solo en la Ciudad de México aparecía el reguetón con escapularios de San Judas Tadeo, la santería que cubría de blanco los fines de semana y que movilizaba a miles de personas. ¿Quién estudió otras formas de la juventud y las relaciones de los distintos grupos de edad en otras partes del país?
Hoy más que nunca, nuestras mejores mentes parecen aceptar solo las definiciones que vienen de fuera, las cuales miran con mucho más optimismo el futuro de México que nuestros propios investigadores. La llamada narcocultura parece alejada del conflicto de clases y de la realidad nacional, no porque no existan explicaciones que reflejen lo que acontece, sino porque estas son insuficientes, y las que existen no pueden llegar al gran público sin que exista de por medio una interpretación que capture la realidad de los desplazados por el crimen, de los huérfanos, las viudas, las madres abandonadas y buscadoras, de los desaparecidos y un largo etcétera.
Si bien la Real Academia Española define el terrorismo como: “Actuación criminal de bandas organizadas que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos”, muchos ignoran que, por más decapitados, bolsas con restos humanos, descabezados, desmembrados, fosas clandestinas o campos de exterminio que existan, no los podemos considerar terroristas, porque la única motivación que orilla a estos actos está en el dinero, puro y crudo. No existen postulados, reinterpretaciones del Estado, debates ideológicos y mucho menos la idea de gobernar para realizar un proceso revolucionario que transforme el sistema vigente.
Nuestros narcos no luchan contra el capitalismo, no maldicen a los partidos políticos, ni siquiera se atreven a hacer atentados para liberar a sus presos de manera sistemática; son apolíticos, convenientemente, y se sirven del Estado actual para seguir con su batalla campal. Mientras no hagamos esa distinción necesaria, no podremos comprender la banalidad de nuestra violencia ni los mecanismos concretos para enfrentarla.
Adendum: En la inevitable intervención norteamericana que se nos viene, se oirá una vez más, el grito “Gringo go home” que pululaba por nuestras calles en 1847, pero tal vez deberíamos agregar: “Gringo, quit the drugs”. “Gringo, don’t kill us”.

Comentarios
Publicar un comentario