Tal vez fue desde La jaula de la melancolía de Roger Bartra, publicada en 1987, que nuestros intelectuales abandonaron la pretensión, tan extraña, de definir la particularidad de lo “mexicano”, que había dominado muchos de los momentos de reflexión profunda de la pintura, la literatura y la filosofía, en un diálogo totalmente estéril, ya que los adalides de la cultura nacional están acostumbrados a dialogar solo consigo mismos. Mientras ellos debatían, los migrantes, obreros, comerciantes, emprendedores, etcétera, estaban transformando las relaciones del medio rural y urbano, que se adornaban con un retrato de lo mexicano esperanzador hacia el futuro y reivindicaban sujetos históricos que se estaban adaptando a las nuevas realidades. En medio de la globalización que cerró el siglo XXI con nuevas herramientas para la comunicación, pero también para el conocimiento, los pequeños nichos del nepotismo literario, científico y cultural mexicanos intentaron una vez más explicarse a sí mismos...
Para nadie es un secreto que la Academia Mexicana es elitista y jerarquizada. En algunos sectores, los rasgos de pertenencia a los grupos con mayor prestigio obedecen a reglas incomprensibles en los tiempos modernos, en los que supuestamente la meritocracia es, o debería ser, una categoría dominante. En esos grupos se depende del parentesco —que garantiza cierta obediencia y respeto por valores e intereses formados políticamente a través de compromisos que tienen su historia—, pero sobre todo de la lealtad al grupo en el que se es recibido. Todo esto ha sido naturalizado y revelado sin mayor empacho por académicos como Antonio Lazcano, quienes pueden ser de derecha, centro o izquierda, o bien personas sin definición clara que escriben desde sí mismas, como decía Octavio Paz. Lo cierto es que estos grupos, sorpresivamente, se han unido a uno de los bandos más tradicionales del país en la vieja pelea por los libros de texto. Lo han hecho por razones aparentemente distintas, pero que con...