No van a doblar al gobierno, que ya ha
decidido el destino del funcionario que aceptó ser la cara visible del modelo
educativo del régimen y, al parecer, por lo oscurito pedía cooperaciones
forzadas a sus colaboradores, junto con otros abusos que, legalmente, sean
ciertos o no, podrían usarse para su remoción.
Seamos realistas: la refundación de la SEP, como la ha llamado el funcionario, no ocurrirá porque los que podrían hacerlo están muy ocupados destrozándose.
Existen algunas voces sensatas que llaman a la necesidad de construir un pacto generalizado que defina el rumbo que queremos como sociedad para la educación en las próximas décadas. Pero la realidad es otra, y nuestro sistema está diseñado para doblegar mayorías y someter minorías que afectan a los intereses dominantes.
Lo que ha quedado demostrado, una y otra vez, es que cualquier gobierno en México puede imponer sus ideas educativas sin que nada, o muy poco, pueda detenerlo.
No es justo reclamar exclusivamente a la cuarta transformación que no exista un pacto educativo en el país, pero sí debe asumir su responsabilidad en mejorar las cosas y buscar un acuerdo mayoritario. Las últimas reformas, incluida la de Peña Nieto y la suya, por supuesto, han abierto profundas heridas en amplios sectores, precisamente porque nunca se les tomó en cuenta o se escucharon sus propuestas.
La caída de Marx Arriaga no solo refleja el
quiebre del grupo gobernante en la manera como se entiende la educación,
también nos acerca a una probable transformación de lo establecido desde 2019,
que lleve a un cambio de plan de estudios y a una reforma de los libros de
texto. Escenario para el cual no estamos preparados, pero que, si estamos
atentos, podría ser el lugar para que personas interesadas en la batalla
cultural —que no es otra que una imposición de creencias extranjeras— nos
desvíen de los verdaderos problemas de la educación, como la falta de agua, el
ausentismo escolar, la violencia o la calidad educativa.
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