La conmemoración de la Guerra Cristera (100 años, ya) no sirvió para acrecentar el conflicto entre la sociedad y el Estado. Tampoco fue un evento que moviera a las masas a tomar las calles o a reivindicar el catolicismo y las razones, estimado lector y lectora, no son que nos encontremos en un momento de debilidad del catolicismo, sino en otro momento de la Iglesia universal, uno que es más esperanzador y luminoso que el que reinaba en 1926. Los constantes ataques y la proliferación de las distintas sectas que han surgido en búsqueda de consuelo, demuestran que la sociedad buscaba cambios en la manera de comunicación de la Iglesia, cuestión que el papa Francisco supo responder con gran inteligencia y compasión. Es a esta renovación a la que obedece, no una desmovilización de la Iglesia católica, siempre beligerante y lista para atrincherarse en sus creencias, sino una cartera de nuevas luchas que la Iglesia decidió emprender y en cuya solución sus fieles están enfrascados. L...