En el sistema educativo mexicano, la lucha de las mujeres está ausente, no se le discute, salvo acciones aisladas. Tampoco hay una pedagogía que dé respuesta al reto que el machismo representa y piense en acompañar a las alumnas o maestras que han sido víctimas del acoso o violencia doméstica. Y es que hoy, más que nunca, hace falta reconocer que debemos prevenir esos horrores enfrentándolos, al mismo tiempo, en nosotros mismos.
La mayoría de las escuelas en la Ciudad de México hoy cerraron sus puertas a los alumnos, al personal administrativo y operativo, en un hecho sin precedente, pero temo que, al volver a abrir las puertas, la cosa siga igual o peor, debido, sobre todo, a la brecha generacional.
Por ejemplo, en días pasados, al intentar seguir un debate en Twitter sobre temas de género, me di cuenta de que varias cuentas me habían bloqueado. Eran mujeres activistas del feminismo radical que me habían silenciado, sin que yo pudiera conocer su existencia o, aparentemente, sin que hubiera una confrontación previa o un diálogo que justificara esa acción.
A pesar de las dudas que esto me ha generado, hay una certeza también: mi pensamiento actual debe evolucionar, o llegará un momento en que se cierre el canal de comunicación con los jóvenes y las jóvenes que demandan de la gente de mi edad una relación distinta, ya que integramos las instituciones que se supone sirven a la gente para resolver sus problemas y no estamos ni siquiera cerca de proponer soluciones a los grandes retos de nuestro tiempo.
Las maestras, a pesar de ser la fuerza laboral que le da vida a la escuela, son minoría en el cuerpo directivo o los liderazgos sindicales, ocupados casi siempre por hombres. Solo una mujer ha ocupado la titularidad de la Secretaría de Educación Pública en toda su existencia; no era profesora ni tenía una formación pedagógica, su nombre: Josefina Vázquez Mota. Mientras que la única mujer que ha ocupado la dirigencia sindical de los trabajadores de la educación, Elba Esther Gordillo, ha sido caricaturizada de tal forma que toda asociación con ella será un estigma para cualquier otra que busque sucederla.
¿Podrá esto cambiar a la luz de lo que han llamado la cuarta ola feminista?
En varias partes del mundo, los feminismos han tomado un nuevo impulso. En México, el avance de las agendas feministas se ha expresado como una respuesta a la violencia que en las últimas décadas parece haberse apoderado del país y que, en la nueva categoría de los feminicidios, muestra su parte más brutal.
Algunos quieren ver en este movimiento una especie de reflejo ante la violencia, empezando por el presidente. Tienen una lectura que lo minimiza, como si se tratara de un eco cuya resonancia se debe no a una alarma real, sino a una ampliación artificial, cuyos artífices son los medios de comunicación y sus intereses, que sintetizan quienes tienen este enfoque en solo perjudicar al gobierno de Andrés Manuel López Obrador.
La violencia hacia las mujeres no se ha incrementado, argumentan; los feminicidios son responsabilidad de los gobiernos anteriores, justifican; pueden marchar libremente, otorgan.
No es sorprendente que esta respuesta del titular del Ejecutivo y los distintos apéndices de la administración gubernamental, hoy en manos de sus partidarios, solo exacerbe más los ánimos, mientras que la polarización de nuestra sociedad encuentra un nuevo frente, sin que sus críticos y muchos adeptos artificiales se detengan a reflexionar sobre el bagaje conceptual que los feminismos han creado y del cual se nutren para explicar las razones profundas de la violencia hacia ellas: el patriarcado y la masculinidad tóxica.
Puedo entender el miedo, la ira en la que surgen las reacciones con las que han acompañado su movimiento en estos días. Mientras que algunos prefieren esconder la cabeza y negar la realidad, ellas han escogido —muchas veces sobreponiéndose a eventos personales— levantarse y luchar.
El movimiento feminista no nació ayer y, difícilmente, ante la emergencia que valientemente le sirve de alimento, podrá ser cooptado por otros intereses, aunque ello no evitará que se intente.
La mezquindad y el individualismo surgen en cualquier movimiento; este no será la excepción, pero los sectores organizados de mujeres feministas, que no debe confundirse con un «todas las mujeres», hoy en día son, en su mayoría, universitarias de clase media o universitarias de otras clases sociales, que no dudo que seguirán impulsando reformas y atacando al patriarcado, pero —desde mi humilde y, por tanto, falible parecer— ello no ayudará a resolver ni las muertes ni la violencia doméstica, pues las activistas concentran sus acciones en las ciudades más pobladas, mientras que la mayoría de los eventos que podrían calificarse de feminicidios se dan fuera de ellas. Por más violenta que pueda parecer la Ciudad de México, no se le puede comparar con lo que ocurre en el municipio de Ecatepec o Valle de Chalco, donde privan condiciones estructurales adversas y el nivel educativo es mucho menor, y es justo ahí donde la lucha debería descentralizarse con acciones organizadas, tal como pudimos ver en esta edición de la marcha del 8M, donde mujeres de los municipios de Ecatepec y Nezahualcóyotl se manifestaron en calles, avenidas y juzgados.
No todas las que se unieron a la marcha el 8 de marzo o al paro del día nueve, «Un día sin mujeres», comparten formación ideológica ni clase social; es más, muchas de ellas ni siquiera son feministas. Lo que las hizo salir de su casa a protestar y quedarse en ella al día siguiente es algo muy distinto y que ya no podrá detenerse: la conciencia de que esta sociedad las está matando, de que se necesita un cambio.
No planteo tampoco que el realizar marchas en el Estado de México o Guerrero sea la solución. Entiendo el riesgo y he contemplado acciones muy significativas, como el apoyo de colectivos violetas a los albergues de mujeres maltratadas, pero estas acciones, que carecen de teatralidad y son fundamentales, viven ignoradas por el gran público. La visión del mundo debe ser trastocada y ahí es donde el feminismo irrumpe de manera organizada.
El feminismo llegará a la escuela; eso es un hecho. Quisiera verlo alegre y triunfante, pero, antes, tal vez, debo acostumbrarme a sus colores y su estridencia, no menos feliz y plena.



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