Debió ser al final de mi adolescencia cuando uno de los recuerdos más latentes de mi niñez cobró sentido. Durante una de las representaciones del viacrucis en mi comunidad, un grupo de ancianas gritaban indignadas a los valientes jóvenes que representaban a los judíos: «¡Malditos! ¡Siempre malditos! ¡Por siempre malditos!». Ahora, frente a mí, había un docente que debía rondar los 70 años, hablando una vez más pestes de los judíos y alertándonos de nunca ir a Polanco, lugar donde tradicionalmente se encuentran las residencias y negocios de la comunidad judía mexicana. El común denominador de estas personas es que su niñez comenzaba cuando estaba terminando la Segunda Guerra Mundial, y todavía tardarían muchos años en ser unánimes las condenas a lo que se ha llamado el genocidio nazi.
Es difícil y repulsivo para las personas de mi generación escuchar críticas y befas contra los judíos, por el solo hecho de ser judíos, y en eso habría que conceder a la escuela pública y privada una gran efectividad para transmitir la condena unánime contra uno de los enemigos naturales de México, como lo fue la Alemania gobernada por Adolfo Hitler, a la cual nuestro país le declaró la guerra en 1942.
Muchas de las películas más vistas en nuestro país retratan el Holocausto judío y conmueven hasta las lágrimas a todas las generaciones. La admiración por los judíos y su resiliencia jamás se ha escatimado en México.
Sin embargo, en los últimos años hemos visto renacer el antisemitismo, desnudando el más vergonzoso residuo de nuestro fanatismo religioso, ese que solo permitía el catolicismo como religión de Estado, ese que no tenía empacho en marginar y atacar a los practicantes de otras confesiones y dogmas, ese que todavía hoy en día se enseña y promueve en varias parroquias y poblados.
No es que de pronto nuestro pueblo —como dicen los demagogos— haya descubierto de pronto el sionismo y los miles de crímenes que se han perpetrado tanto por judíos como por palestinos desde la fundación del ente israelí; no es que reivindiquen tampoco la causa de los pueblos árabes y el injerencismo de Europa y Estados Unidos. No, se trata de puro y llano antisemitismo.
Pero, para sorpresa de todos, quienes están clamando su resurrección no son los miembros más oscuros de la curia católica conservadora, al parecer todavía sin poder reorganizar su respuesta a los cambios del nuevo milenio; son los propios agentes del sionismo los que buscan revivirlo, desde las declaraciones incendiarias sobre el muro realizadas y negadas después por Benjamin Netanyahu en 2017, cuando afirmó: «President Trump is right. I built a wall along Israel’s southern border. It stopped all illegal immigration. Great success. Great idea.» («El presidente Trump tiene razón. Construí un muro a lo largo de la frontera sur de Israel. Detuvo toda la inmigración ilegal. Gran éxito. Gran idea.»). Sin duda, el líder israelí cuidó mucho sus palabras para empezar el coqueteo con Donald Trump, sin importarle usar a nuestro país de balón, cosa que incluso un comunicado de la comunidad judía en México interpretó de esa manera.
La marcha que el 11 de septiembre recorrió Polanco gritando «¡Fuera judíos de México!», la cual, al parecer, dejó como testimonio solo un video, repetido ad nauseam, ha unido como nunca he visto a los malquerientes de la minoría religiosa, los cuales, al menos en redes sociales, refrendan su expulsión.
Incluso en otras marchas denuncian la intención de quedarse con el agua, y existe una consigna nueva: #MiCasaNoSeraGaza. Tal vez las mayorías tarden en descubrir la tragedia que hoy ocurre en Gaza, pero estas manifestaciones cada vez son más nutridas y lo que vemos todos los días es que la digna y muy respetable comunidad judía está dilapidando su prestigio para defender a un genocida al que, hace no muchos años, exigían cuentas.
Entre Gaza y México existen muchas similitudes que terminarán haciendo mayor el reclamo y la condena a la forma como Israel está combatiendo el terrorismo del 7 de octubre, que no es otra cosa que una masacre de niños y viudas, una colección de amputaciones en los sobrevivientes de su furia, y cuya narrativa de que no les dejan otras opciones que seguir armándose o huir está ganando cada vez más proyección.
No me preocupa una reacción mayoritaria contra los judíos en el mediano plazo, pero algo se está incubando y eso no podemos predecir qué consecuencias traerá.
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