Por ejemplo, un investigador de El Colegio de México no tuvo reparos en señalar que lo mejor que hacían algunas escuelas era funcionar como guarderías, ya que los docentes de escuelas públicas —y supongo privadas— no garantizaban los aprendizajes básicos. Esta crítica, que compartirán muchos padres preocupados, resulta injusta, pues niega que muchos docentes reconocen y practican el sostenimiento afectivo, considerado como una continuidad del cuidado y cariño del hogar, y también que actualmente se vive una reorganización del Sistema Educativo que no necesariamente fortalece la capacidad escolar.
El debate reciente sobre el calendario escolar es algo de lo que seguimos escuchando, no porque la educación ocupe el centro de la discusión actual y de los esfuerzos políticos, sino porque representa un momento en que una decisión del gobierno fue anulada por la opinión adversa de varios sectores, y una oposición que no encuentra símbolos o logros propios lo ha convertido en un tema capitalizable.
En todas partes se habla de «cuidados», no como una acción aislada, estimado lector, lectora, sino como un enfoque sobre lo que se espera de los servicios públicos; se busca que los servidores públicos brinden una serie de garantías de buen trato y atención a todas las personas en condiciones vulnerables.
Ya se trate de niños, ancianos, discapacitados o cualquier otra vulnerabilidad, la inocencia y perversidad de nuestras autoridades han vuelto esta cuestión imposible, ya que, al día de hoy, a pesar de lo bien intencionados y capaces que sean los funcionarios contratados por el gobierno, nadie cuenta con la capacidad de atender ni todas las barreras ni todas las discapacidades con la efectividad suficiente, y los obstáculos no son solo la falta de protocolos o una arquitectura que ignora las múltiples necesidades de las personas con problemas de movilidad; también están en la sobresaturación (muchas personas demandan un servicio que el Estado no puede satisfacer por el gran número de personas y se recurre a la dosificación de usuarios mediante varios procedimientos burocráticos), y la falta de recursos solo incrementa las carencias.
Culturalmente, muchas familias de ancianos y de discapacitados prefieren el encierro y la marginación a exigir derechos y apoyos para sus familias. Pensemos solo un momento en las dificultades motoras de algunos cuadros de discapacidad y en las limitaciones estructurales que tienen los edificios públicos dedicados a brindar educación básica, muchos de los cuales fueron construidos hace 50 años. En ninguno de ellos, estimado lector, lectora, usted encontrará rampas, pasamanos, mesas para facilitar la comodidad y, si bien esto no se pensó en su momento, nuestra incapacidad para construirlas ahora solo demuestra cuánto nos falta para construir una opción realmente incluyente. ¿No sería mucho más inteligente, estimado lector y lectora, acondicionar una sola escuela en la zona escolar para recibir a los adolescentes y niños que padezcan un solo tipo de discapacidad, capacitar a los docentes en su cuidado y atención, concientizar a los alumnos, que esperar a que todo se solucione mágicamente? Pero no: a todos los planteles y a todas las escuelas se les pide atender con calidad toda discapacidad que les sea asignada por los mecanismos de inscripción, que en los últimos años han tendido a centralizarse.
A pesar de todas estas situaciones que los medios de comunicación y los intereses políticos ocultan, existe una demanda social cada vez mayor hacia la escuela, al mismo tiempo que se le retiran recursos y capacidades institucionales. Por ejemplo, ya no existen doctores y enfermeras escolares; se les ha sustituido por seguros médicos que los padres de familia pueden hacer efectivos en hospitales privados. Los psicólogos escolares fueron enviados a dar clases de Formación Cívica y Ética porque también se borró su cargo de la estructura escolar. Los directores y subdirectores deben capacitar al personal sobre temas definidos por la Subsecretaría de Educación Básica, cuando se supone que la NEM debe colocar a la comunidad al centro, pero, al situar a las figuras escolares como todólogos de las preocupaciones federales, no temen seguir contradiciendo lo que tal vez sea la parte más enriquecedora de su propuesta.
Lo mínimo que se puede pedir profesionalmente a los docentes de cualquier nivel educativo es el cuidado de los alumnos, pero ahora la demanda parece ir más allá, y debe ser un lugar donde se brinde el «cariño» y la «aceptación» que ya no reciben en sus hogares. Y es que, al igual que los edificios viejos, hasta hace unos años los docentes estábamos formados para cumplir otro rol social; nuestro deber fundamental era «transmitir conocimientos». Sobre esa frase estaba conformada toda una tradición educativa que, dicho sea de paso, en un país donde el 90 % de la población era analfabeta, costó mucho trabajo construir, y es que remontar el analfabetismo real, no el funcional que ahora parece nuestra mayor preocupación, no fue una batalla que se librara de manera amorosa, lamentablemente; fue una empresa autoritaria y construida sobre la simulación y el sacrificio.
Pedirle a la escuela que diera el conocimiento que las familias no eran capaces de procurar era una demanda titánica, pero exigirle ahora que también brinde toda una serie de medidas compensatorias de alimentación, inteligencia socioemocional, experiencias modeladoras de buenos hábitos, suena imposible con las condiciones actuales, y no es un tema de responsabilidades o falta de afecto. No puede señalarse a un docente por no brindar todos los cuidados posibles a 320 alumnos que solo ve 4 o 6 horas a la semana, en el caso de secundaria, o a un docente de primaria que tiene 30 o 40 alumnos. Si los padres de familia no pueden con 2 o 6 niños o adolescentes, ¿por qué se le pide a un docente el don sobrenatural de encauzar a decenas o cientos?
Si bien es cierto que la escuela protege contra la violencia, también lo es que en su interior existen violencias, como el bullying, el abuso sexual y el maltrato, que siguen presentes, y en lugares donde el crimen organizado funciona captando adolescetes jóvenes para convertirlos en sicarios, halcones y narcomenudistas, las escuelas no revierten la violencia; tienden a ajustarse a las dinámicas del crimen y, aunque siguen siendo factores de solidaridad y estabilidad social, no generan o han generado un movimiento pedagógico que enfrente de manera efectiva esta crisis, ya que muchos subsistemas operativos ven estas comunidades como áreas de castigo y los docentes permanecen en ellas pocos años y las abandonan.
No es que los docentes sean inhumanos, es que no son superhombres, y no todos los problemas se pueden resolver didácticamente.
Nuestra sociedad no valora el aprendizaje, tampoco reconoce el apoyo que la familia puede brindar a este objetivo y que, al parecer, muchas familias han claudicado en brindar debido a la falta de tiempo para hacerlo, y los docentes de este país seguiremos insistiendo en que es necesario e imprescindible que se dé.
En el libro Familias y Escuelas, Sam Redding (2015: 9-10) nos habla del papel fundamental que los padres pueden tener en el desarrollo educativo de sus hijos a partir de pequeñas prácticas que han comprobado elevar el rendimiento y aprovechamiento escolar, tales como:
Rutinas de la vida familiar:
- Establecer un tiempo para el estudio en casa.
- Las rutinas diarias incluyen tiempo para comer, dormir, jugar, trabajar, estudiar y leer.
- Tener un lugar tranquilo para estudiar y leer.
- Interés de la familia en pasatiempos, juegos y actividades con valor educativo.
Expectativas familiares y control:
- Dar prioridad al trabajo escolar y a la lectura en lugar de ver televisión y del ocio.
- Generar expectativas de puntualidad.
- Los padres piensan que los hijos harán las cosas lo mejor que puedan.
- Tener preocupación por el uso correcto y apropiado del lenguaje.
- Los padres ejercen control sobre el grupo de amigos de sus hijos.
- Se tiene control y se analizan los programas de televisión junto con los hijos.
- Los padres tienen conocimiento del progreso del hijo en la escuela y de su crecimiento personal.
Una sociedad que deja solas a sus escuelas antes abandonó a sus jóvenes, y esa es la verdadera tragedia.
REFERENCIAS:
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