No van a doblar al gobierno, que ya ha
decidido el destino del funcionario que aceptó ser la cara visible del modelo
educativo del régimen y, al parecer, por lo oscurito pedía cooperaciones
forzadas a sus colaboradores, junto con otros abusos que, legalmente, sean
ciertos o no, podrían usarse para su remoción.
Seamos realistas: la refundación de la SEP, como la ha llamado el funcionario, no ocurrirá porque los que podrían hacerlo están muy ocupados destrozándose.
Existen algunas voces sensatas que llaman a la necesidad de construir un pacto generalizado que defina el rumbo que queremos como sociedad para la educación en las próximas décadas. Pero la realidad es otra, y nuestro sistema está diseñado para doblegar mayorías y someter minorías que afectan a los intereses dominantes.
Lo que ha quedado demostrado, una y otra vez, es que cualquier gobierno en México puede imponer sus ideas educativas sin que nada, o muy poco, pueda detenerlo.
No es justo reclamar exclusivamente a la cuarta transformación que no exista un pacto educativo en el país, pero sí debe asumir su responsabilidad en mejorar las cosas y buscar un acuerdo mayoritario. Las últimas reformas, incluida la de Peña Nieto y la suya, por supuesto, han abierto profundas heridas en amplios sectores, precisamente porque nunca se les tomó en cuenta o se escucharon sus propuestas.
La caída de Marx Arriaga no solo refleja el
quiebre del grupo gobernante en la manera como se entiende la educación,
también nos acerca a una probable transformación de lo establecido desde 2019,
que lleve a un cambio de plan de estudios y a una reforma de los libros de
texto. Escenario para el cual no estamos preparados, pero que, si estamos
atentos, podría ser el lugar para que personas interesadas en la batalla
cultural —que no es otra que una imposición de creencias extranjeras— nos
desvíen de los verdaderos problemas de la educación, como la falta de agua, el
ausentismo escolar, la violencia o la calidad educativa.
La reforma Educativa de Enrique Peña Nieto tuvo dos fases, la primera fue una reforma laboral, en la que el gobierno y sus organismos autónomos permitieron que el magisterio mexicano, fuera calificado por los medios de comunicación como un grupo perverso, privilegiado, y que no solo cobraba por no trabajar, sino que había comprado o heredado una plaza a algún líder sindical, esto polarizo y los maestros y maestras no compraron la narrativa de que todo era para darles libertad, más bien se percibía que el gobierno quería un personal docente sometido a una evaluación desconocida y no se respetaba su dignidad ni trayectoria. La segunda fase fue la publicación de un modelo educativo, que si bien sonaba muy bonito en el papel, siempre se le acuso de no responder a las características de la población mexicana.
Ya sea que se le nombre reforma laboral o la "mal llamada reforma educativa", nadie salió a defender los números alegres de aprobación que sigue presumiendo el ex secretario Otto Granados, pero hubo, como en todas las reformas, maestros beneficiados por ella, sobre todo mujeres que lograron alcanzar puestos directivos, pero nada de esto se tradujo en una defensa similar al rechazo que generó.
¿Alguien saldrá a defender a la Nueva Escuela Mexicana? Es difícil decirlo, ya que si bien ha capitalizado el rechazo, no ha podido producir un sistema de carrera con la suficiente legitimidad y transparencia, que pueda cumplir las expectativas de las nuevas generaciones de maestros que buscan ascender, tampoco representa los intereses de un amplísimo sector del magisterio que es totalmente conservador, que se opone a la agenda feminista, de inclusión de la diversidad y de la discapacidad.
Curiosamente los que defienden la NEM en redes sociales, son padres jóvenes que están de acuerdo con los nuevos contenidos y su enfoque, hombres y mujeres que para bien o para mal decidirán el futuro de México, aunque las decisiones educativas se tomen en otro lado.
Comentarios
Publicar un comentario