La conmemoración de la Guerra Cristera (100 años, ya) no sirvió para acrecentar el conflicto entre la sociedad y el Estado. Tampoco fue un evento que moviera a las masas a tomar las calles o a reivindicar el catolicismo y las razones, estimado lector y lectora, no son que nos encontremos en un momento de debilidad del catolicismo, sino en otro momento de la Iglesia universal, uno que es más esperanzador y luminoso que el que reinaba en 1926.
Los constantes ataques y la proliferación de las distintas sectas que han surgido en búsqueda de consuelo, demuestran que la sociedad buscaba cambios en la manera de comunicación de la Iglesia, cuestión que el papa Francisco supo responder con gran inteligencia y compasión. Es a esta renovación a la que obedece, no una desmovilización de la Iglesia católica, siempre beligerante y lista para atrincherarse en sus creencias, sino una cartera de nuevas luchas que la Iglesia decidió emprender y en cuya solución sus fieles están enfrascados.
La obra pastoral de Francisco, caracterizada por la discreción y la efectividad, comienza a cosechar frutos, precisamente entre personas alejadas de la Iglesia por un dogmatismo irracional basado en prejuicios y no en doctrinas eclesiásticas, y que Bergoglio supo enfrentar y someter. Sin abandonar la piedad y, seguramente, la práctica del perdón que tanto promocionan sus coterráneos, Francisco fue implacable con sus detractores, a veces usando el humor y otras la paciencia y la bien engrasada maquinaria secreta del Vaticano.
Quizás el momento más conmovedor y luminoso de su papado fue dedicar su convalecencia a tratar de dar esperanza a la comunidad palestina de Gaza y denunciar lo que ahora vemos claramente como un genocidio.
Por ello no sorprendieron el frío silencio del gobierno israelí ni los ataques y difamaciones de los sionistas en las redes sociales.
Su sucesor, León XIV, es tal vez una figura enigmática sobre la que sabemos muy poco, pero lo que queda claro es que tampoco ve con buenos ojos las campañas militares de Estados Unidos en Medio Oriente y se ha fortalecido tan solo llamando a la paz.
Nos encontramos en un momento en que ser antisemita no se mira igual y donde quienes buscan refugio lo están encontrando en un catolicismo que se niega a ser usado como herramienta de la mentira.
Los autoproclamados herederos de la Guerra Cristera mexicana borran la participación de campesinos valientes que fueron seducidos por sus pastores religiosos y llevados a la muerte sin remordimientos, en nombre de una libertad religiosa que nunca fue amenazada, simplemente ignorando sus nombres y glorificando sus crímenes. Pero su versión tergiversada de este hecho histórico para integrarse a una batalla cultural que existe fuera de nuestras fronteras tiene, en su adaptación forzada a la interpretación moral anglosajona, las fuentes de su propia extinción. O vea usted, estimado lector, cómo estos "nuevos cristeros" son tomados con burla por los verdaderos católicos que mantienen el culto con alegría, procesiones y rituales que llaman al amor.
Adéndum: Mariana Benavides, una rara avis de esta nueva generación de "cristeros" de la derecha mexicana, me ha manifestado que no perderá su tiempo hablando conmigo, así que supongo que me limitaré a tomar mi interacción con sus cuestionables tuits como una especie de autonotas.
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